lunes, 25 de junio de 2018

Kanaken on tour



El viernes 22 de junio tocaba viajar vía Berlín a Leipzig, la llamada “ciudad de la literatura y la música”, para ver de nuevo a los Böhse Onkelz en acción. Con un tiempo desapacible y un notable cansancio acumulado, debido sobre todo al partido de la selección del miércoles anterior y a la posterior fiesta privada de reconciliación que acabó a las tantas de la madrugada en mi nuevo hogar, el viernes a las cuatro de la mañana nos pusimos en marcha rumbo a la capital de Alemania.

Berlín, esa ciudad mitificada por tantos, ciudad de nacimiento de mi madre y otrora capital de un reino que iba a durar varios milenios, pero que acabó pasto de las fuerzas de ocupación y de sus hordas de violadores, nos recibió con lluvia y frío. Nichtsdestotrotz (en cristiano “a pesar de todo”) sentía una enorme ilusión de pisar tierras germanas, de reencontrarme con esa parte de mi sangre, cultura y herencia, y de disfrutar de unos días de risas, música y buenas cervezas. 
Risas y música hubo, pero en cuanto a las cervezas, como bien puntualizó a la vuelta el amigo Ramiro, fue un desastre. Ni las pocas que tomamos en Berlín ni las muchas que probamos en Leipzig cumplían con lo esperado. Se salvaron algunas, la siempre segura y muniquesa Agustiner del primer bar y la Ur-Krostizer de la comida del sábado. Esta última una clásica cerveza sajona de una fábrica fundada en 1534, es decir 18 años después de la promulgación de la norma de pureza (Reinheitsgebot). Y aunque no llegue a la antigüedad de la imaginaria nación catalana, que por lo que dicen los enfermos “lazis” iluminados ya va por los dos milenios, se dejaba tomar. En resumen, donde esté una Mahou que se aparten las demás.

La visita a Berlín fue lo más parecido al temido “Blitzkrieg” del tito Adolfo que uno pueda imaginar. Paseo en coche, mini receso con fotografías en la Puerta de Brandemburgo, y salida de la ciudad enfilando la autopista a Leipzig. Ni la toma de Holanda en 1940 duró tan poco. 

El viaje por una de las tantas autopistas que cruzan el Reich de norte a sur y de este a oeste (o como rezaba la primera estrofa ahora prohibida de la “canción de los alemanes”, del himno nacional hoy mutilado: “Von der Maas bis an die Memel, von der Etsch bis an den Belt”), se tornó en un martirio debido a las inclemencias del tiempo y a las múltiples obras que interrumpían cada tantos kilómetros las ansias de Antonio de pisar a fondo. Pero no hay mal que por bien no venga: esta vez no pasamos el miedo de circular por encima de los 220 km por hora. Aunque al final el trayecto de 188 km que nos separaba de Leipzig se nos hizo pesado. ¡Qué le vamos a hacer! El verano se usa en todo el mundo para realizar esas obras que las inclemencias del tiempo impiden en otras épocas del año. Y a nosotros nos tocaron. Las obras y de paso también las lluvias. Menuda bienvenida a la vieja Sajonia. A Sachsen.

Bajo la incesante lluvia entramos en la triste y gris ciudad de Leipzig. Se trataba de mi primera visita a la otrora llamada DDR (la RDA en español), la parte oriental de Alemania ocupada por el pernicioso y genocida comunismo, y no hizo más que confirmar mis sospechas: el retraso social, cultural, económico y hasta de comportamiento y aspecto físico, sigue latente. Edificios gigantescos en estado ruinoso, amplias avenidas con nula vida y menos decoración y unos habitantes huraños y carentes de un mínimo de empatía, daban muestra de que aún queda mucho por hacer en esta parte de la otrora gran nación. O por recuperar. Que nunca se sabe cuándo volverá a salir el sol. 
Teniendo en cuenta que Leipzig era conocida años ha por ser cuna o lugar de creación de inmortales escritores como Goethe y Schiller, o de magistrales compositores como Bach y Wagner, su imagen actual deprime bastante. Lo único que se salva, como en casi todas las ciudades alemanas, es el coqueto y bien cuidado centro peatonal, con sus iglesias y plazas, sus cafés y restaurantes bien decorados, sus inevitables tiendas de marcas globales y la incesante circulación de autóctonos y turistas en busca del suvenir en forma de fotografía o postal, de una Bratwurst o una Currywurst a pie de calle, de una cerveza decente y de una camiseta de Zara a buen precio. La maldita globalización que convierte cualquier rincón del mundo en el mismo parque temático: un poco de cultura local, normalmente superficial y a todas luces artificial y un mucho de moda y accesorios a buen precio. La sociedad para borregos que nos ha impuesto el Sistema. Como si viajas por Italia. O por Francia. O por Tailandia. O por España. Más de lo mismo. Lamentable.

Llegamos al hotel y en vista de la falta de alegría del entorno nos dedicamos al “dolce far niente” en los salones del hotel a la espera de la llegada del resto de la banda. En cuanto nos juntamos todos hubo reparto de abrazos, camisetas y fanzines y un feliz reencuentro con un gran amigo (después de una a todas luces injusta ausencia de dos años), y con el tranvía que teníamos a la puerta del hotel nos dirigimos al concierto, que se celebraba en la “Messe” de Leipzig, es decir, en el recinto ferial.



Llegados al lugar, nos encontramos con el otro grupo de amigos que venían de Barcelona (gracias Miguel Angel por acogerme una noche en vuestro hotel), pillamos la pertinente pulsera de acceso y nos encaminamos al descampado en el que se celebraba el concierto de este año. El “Barrio” con sus tenderetes, tatuadores y un pequeño escenario (en el que tocaban varias bandas, entre ellas los propios Onkelz haciéndose pasar por banda de versiones, sin que nosotros lo supiéramos (yo por lo menos no lo sabía y lo he descubierto en una buena crónica que publicó ayer por la tarde el periódico local y que podéis leer traducida de forma automática por Google aquí: https://goo.gl/pyPVHK ), abrían paso al escenario principal, en el que nos situamos de forma estratégica entre una barra y una pantalla y no demasiado lejos de los rudimentarios y sobrecargados aseos. La experiencia de tantos años de conciertos de “La Familia” se nota.


Del concierto poco hay que decir. Siendo seguidores acérrimos de esta banda importaron poco los errores, el cambio total del “setlist” que con tanta ilusión había incluido en el fanzine o las intermitentes lluvias que nos acompañaron en las 2 horas y pico de eternas y sagradas canciones. Algún vómito, alguna bofetada, alguna ensaimada volando y muchas risas nos acompañaron mientras coreábamos (“la Familia” en su perfecto alemán) las tan conocidas canciones. Y al igual que en los conciertos de otras grandes bandas, el contraste entre la letra de su canción "Religion"hablando mal de nuestra fe,  y la liturgia sustitutiva que significan cada una de sus canciones fue brutal. Ni los músicos ni los seguidores quieren saber nada de la religión, sus ritos y sus cánticos, pero cada una de sus canciones genera bien ensayados movimientos, gritos y coreografías seguidos por miles de personas sin rechistar, más bien disfrutándolo. Está claro que las sociedades no pueden vivir sin religiones, y en este caso la “Fe” se llama “Böhse Onkelz”, los oficiantes son la banda, los creyentes nosotros, los sacramentos se toman con una cerveza en la mano, las confesiones se celebran orinando frente a una valla y el agua bendita cae del cielo. Lo más parecido a una misa de domingo. Aunque fuera viernes.

Sin más incidencias que destacar finalizó este primer concierto y nos encaminamos a la estación del tranvía para volver al centro. La entrada en los abarrotados vagones fue terrible, una verdadera batalla, y encima acabó con un desagradable incidente entre un borracho alemán que se dedicó todo el viaje a insultarnos, provocarnos y buscar seriamente un conflicto. Al principio aún intenté ejercer de traductor, pedirle disculpas (que no hacían falta), e intentar calmarle, pero el inaguantable elemento no paraba de insultar, llamándonos de todo, desde cerdos hasta violadores, acabando por usar una palabra que hace tiempo que no oía, “Kanaken”, la forma despectiva que utilizan los alemanes para referirse a los inmigrantes, en especial a los turcos. Por suerte la experiencia y paciencia de la mayoría del grupo evitó males mayores, ya que la chispa pudo prender en cualquier momento y acabar en tragedia. Sin mayores problemas, pero con un amargo regusto, llegamos de vuelta al hotel.
Así acabó el primer día.

El sábado nos volvió a recibir con un cielo encapotado y la lluvia cayendo sin cesar, y poco más pudimos hacer que pasear por el centro, probar alguna salchicha y hacer tiempo hasta la tarde. Intentamos comer en el “Agustiner”, pero fue imposible por falta de mesas (y por la negativa del soso camarero a juntar 2 mesas de cuatro), y finalmente acabamos en un restaurante más normal, con una comida normal, una cerveza normal (pero tolerable, la Ur-Krostizer nombrada al principio), una camarera más guapa de lo normal y muy educada y una cuenta normal teniendo en cuenta lo que tomamos. Todo normal. Menos el agua del florero que se tomó uno. Aunque fuera por fuerza mayor.
Y fuimos a por la segunda parte. Esta vez unos cuantos fuimos en coche por tener que salir directamente hacia Berlín al acabar el concierto, nos encontramos de nuevo ante la bonita “M” de Matapaloz, se unieron los que llegaban ese día desde Berlín y vivimos el segundo concierto sin mayores sorpresas, con muchas y queridas canciones, con menos cervezas y más errores de los músicos, y la noche acabó de forma correcta. Lo bonito, al igual que en el concierto del año anterior, fue tener al lado a una familia de pelo rizado y sonrisa en los labios en la que padre, madre e hijo adolescente compartieron la noche cantando, bailando y disfrutando. De padres a hijos. Familia y tradición. Lo que nos gusta a todos.


Otro Matapaloz, otra ciudad, la misma historia. Y las que quedan. Dios mediante.

De la vuelta poco que contar. Autopista eterna, aeropuerto cerrado y espera interminable desde las 2 hasta las 7, salida puntual y llegada a una calurosa ciudad de Madrid a media mañana. Cansados, agarrotados, roncos, hambrientos. Quizás un poco resacosos. Aunque menos. La calidad de la cerveza y la ausencia de alcohol de mayor graduación ayudó a reducir el consumo. O igual fue la edad. O ambas cosas.

Volveremos. Sin duda. Los “Kanaken” seguiremos de gira. Y si hace falta con nuevas camisetas. Y con fanzines. Y con adhesivos y banderas. Se llama vivir.

P.D.: Muchísimas gracias a todos por la compañía, las risas y la paciencia. Un placer viajar, beber y cantar con vosotros.


jueves, 26 de abril de 2018

Agotados de esperar el fin


Viejas caras, nuevas caras,
pero las mismas cabezas.
¿Qué les empujará?
No viven, solo esperan.
Están agotados de esperar.

Du sollst mit dem Tode zufrieden sein,
Warum machst du dir das Leben zur Pein?

Decía Goethe en uno de sus famosos aforismos: “Confórmate con la muerte y no conviertas tu vida en una tortura”. 
¡Qué fácil decirlo y qué difícil cumplirlo! Tan difícil que ni el genio alemán siguió su propia recomendación de acelerar su muerte y aguantó vivito y coleando hasta los 82 años para morir de un vulgar infarto.
Maldita y cíclica es la desesperación que nos ataca de tanto en tanto. De pequeños, de jóvenes, de adultos, de ancianos: no hay edad en la que por hache o por be de golpe nos sentimos vacíos, cansados, vagando sin rumbo, buscando razones a la sinrazón, maldiciendo a diestro y siniestro, renegando de la vida, de los amigos, del clima, del tráfico, de la supuesta cerveza que nos han querido colar en un bar y de la última rubia que vino a probar el asiento de atrás.

Pero hay cosas peores. Mucho peores. Porque nuestra desesperación, la del yoyó, la del materialista y exagerado egocentrismo, se ha convertido en un mal general. Ya no somos personas individuales que estamos hartas de esperar el fin, es la sociedad en su totalidad la que deambula por este planeta antaño llamado azul, implorando que llegue el anunciado apocalipsis cuanto antes. Un planeta negruzco, lleno de humo, de maldad, de sombras, de penumbra, de nubarrones oscuros que tornan el precioso azul celestial y el verde del mar en una amalgama de grisáceas mentiras y negras realidades.

Solamente hay que fijarse en las absurdas y rocambolescas historias que estamos viviendo hoy en día en Cataluña y en el resto de España: empezando por el cuento del “prusés” y el maldito montaje separatista, que no es más que una burda campaña para encubrir 30 largos años de latrocinio, pasando por la nueva historia española y mundial (esa desmemoria histérica) que cuatro lelos mal formados están redactando a toda prisa para justificar la inversión de la verdad con un “donde dije digo, digo Diego”; los tejemanejes, las rencillas, las mentiras y las puñaladas traperas de una clase política y unos sindicatos que obviamente no representan a nadie desde hace muchos años; la existencia de cargos públicos muy bien pagados pero con menos cerebro que el pulpo Paul, como Echenique, Colau, Rufián, Tardá, Pablo Iglesias y su concubina Irene Montero, o cualquier otro de los 350 diputados del Congreso, los 266 senadores y los miles de alcaldes y concejales. ¡Qué aquí no se salva ni el tato!

Dejémonos de siglas, de ideologías y de banderas. Son todos de la misma banda: ni los hermanos Dalton, ni Ali Babá y los 40 ladrones, ni Al Capone, ni el Lute, ni el Vaquilla, ni el Dioni, ni Ruiz Mateos y su prole, ni los líderes de la nefasta, asesina y ladrona Segunda República Española, ni los mangantes de Matesa o del Fórum Filatélico, ni Idi Amín en su peor época, ni las tan abundantes y falsas oenegés de foto lacrimógena (y seguro que falsa), comida y comisión: ninguna de estas bandas de malhechores llega al nivel de la chusma que nos dirige, manipula y roba hoy en día. De forma estructurada, normalizada, jerarquizada y supuestamente elegida por nosotros, el estado, la clase política y su entramado político-financiero-asociado-interesado nos llevan por donde quieren, se ríen de nosotros en sus reuniones de trabajo, sus consejos de administración, sus congresos, sus comisiones, sus cursos de formación, sus falsas primarias, sus sesiones de coaching ejecutivo, sus viajes solidarios…es decir, en sus continuas fiestas y bacanales, y cada tantos años se disfrazan de corderitos para soltar sus cuatro frases infantiles (pero adecuadas y dirigidas a esta nuestra sociedad inculta e idiotizada), para seguir viviendo unos años más (y mejor) a costa nuestra.

Nuestro día a día en esta sociedad tan enferma se reduce al sensacionalismo, al meme del día, a lo superficial, a lo efímero. Al clásico “y yo más” y el “y tú qué”, a denunciar a tu mejor amigo para ganarte el favor de alguien, a guardar vídeos o información comprometida para poder chantajear en el momento oportuno, a mentir sin pudor alguno ante los cómplices medios de comunicación (cuando no instigados y dirigidos directamente por ellos y su imperiosa necesidad de ganar audiencia), a cambiar de bancada, de bandera, de religión y hasta de sexo por un par de duros y algún enchufe de provecho (en esta triste Expaña cambiamos de todo menos de equipo de fútbol, esa sagrada fe patria que está por encima de todo lo demás). Así nos va.

Nuestro día a día gira en torno a todo lo superfluo, cuando la vida de un ser humano en una sociedad teóricamente avanzada debería de centrarse en valores eternos, en el amor al prójimo, en la familia, en la cultura, en la ciencia, en la música, en el honor, en la solidaridad, en la generosidad, en la empatía, en la aportación de algunos granos de arena al bien común.

¿El bien común? A quién cojones le importa el bien común. De lo que se trata es de vivir lo mejor posible… y a poder ser sin trabajar. Poca diferencia hay hoy en día entre los mafiosos, los delincuentes profesionales, los pícaros de toda la vida, los embaucadores, los vividores y los cientos de miles de políticos que pasean sus cochazos y sus modelitos (comprados con el sudor de nuestra frente y nuestros impuestos) por nuestra sagrada tierra, soltando nauseabundas y variables mentiras, cual veletas en lo alto del campanario. Y si sumamos a toda esta cohorte de garrapatas de la sociedad a los líderes del entramado económico, a los poderes ocultos de la banca internacional, a la masonería, a los organizadores de Eurovisión y a los burdos cantantes que nos representan este año, a los dictadores de Bruselas y su falsa Europa, a los bares que sirven Heineken o a los estados racistas e imperialistas. ¿Qué bien común vamos a encontrar? Cero patatero.

No vivimos, solo esperamos. Estamos agotados de esperar.

P.D. Pero mientras esperamos y desesperamos siempre podemos intentar hacer sonreír a alguien, beber una o varias cervezas de verdad, escuchar unas buenas canciones y conocer a personas que aportan algo a la sociedad. Como nos pasó por ejemplo el otro día en una clase / exhibición de swing.  O en el entrañable bar la Isla. Valor añadido.


lunes, 19 de febrero de 2018

Acomplejados


Como suele pasar en nuestra santa tierra, cada vez que aflora el patriotismo por algún lado, ya sea por un éxito deportivo, una reacción popular frente al separatismo excluyente o como en este caso por una simple y bien intencionada versión cantada de nuestro himno nacional, se arma la de Dios.

Los alérgicos a cualquier cosa que suene a España que se rebelan cual enfermos psicóticos y buscan ridiculizar el hecho, sea el que fuere, con tal de no tener que comulgar con los “patrioteros”, los “fachas” y los casposos derechistas que según ellos son los que andan detrás de cualquier gesto que demuestre amor por nuestra tierra.

Los “intelectuales” de siempre, los de la “gauche divine”, del diario “El País” o del “Jotdown”,  que en su incomprensible complejo de superioridad se creen los únicos portadores de valores universales y dueños absolutos de la historia, la inteligencia, la cultura y de esa “su” España,  que en el fondo se limita a cuatro frases hechas de filosofía barata, dos o tres poetas idolatrados (de los que igual no conocen ni sus obras completas) , cuatro o cinco oenegés de poca utilidad real (cuando no corruptas y viciosas) pero de mucha y rentable imagen pública, una carrera  universitaria o musical labrada con el dinero de sus padres de alta cuna, un par de discos de Bob Dylan que igual ni han escuchado enteros, sus clases de pilates o de meditación, su comida vegana (aunque a escondidas se atiborren de jamón del caro), sus viajes a la India o el Nepal para tuitear fotos sensibleras con camisetas de Ghandi o Martin Luther King, y la asistencia a algún que otro festival de cine o de teatro de dudoso nivel pero buenos canapés.

Los retrógrados comunistas, los violentos separatistas, los filoterroristas, los terroristas de pleno derecho y demás seres inmundos que por desgracia pululan por nuestra piel de toro, que dentro de su inutilidad total y su nula aportación al bien común, utilizan hechos de este tipo para cargar contra todos y todas, insultar a diestro y siniestro y sacar su envidia, su rabia y su maldad por todos los poros de su cuerpo, en línea con la falta de higiene física y mental que llevan arrastrando desde hace siglos.

Y finalmente los aprovechados, los políticos profesionales, que por carecer de verdaderos ideales se agarran a cualquier clavo ardiendo con el único objetivo de arañar un voto aquí y otros pocos allá. Y si el clavo ardiendo coincide, como en este caso, con una situación de claro auge del patriotismo popular y sensato del verdadero pueblo español, mejor que mejor para sus tan poco nobles intereses. Es decir, para perpetuarse en el poder usando todas las artimañas posibles, usando canciones, éxitos  deportivos, empresariales o culturales para un único y poco patriótico fin. Su partido y las prebendas asociadas.

Y en el fondo todos ellos no son más que unos tristes acomplejados, incapaces de sentir como el pueblo llano, de llorar sin intención sino simplemente por emoción, seres sin la hombría suficiente para mostrar sus sentimientos, reconocer sus culpas, liberarse de sus demonios, de su incultura y de su materialismo y de abrazar, de forma sincera, sana y simple, el amor a España

Que nos es nada más que eso: el amor a la tierra que nos vio nacer, a la que debemos todo y de la que tenemos que sentirnos orgullosos.

Y por la que trabajamos día a día.

¡Viva España!



P.D.: Solamente les ha faltado a Albert Rivera y Mariano Rajoy decir que siempre han sido muy del rugby.

P.P.D: Hoy martes día 20/2/18 el siempre genial José María Nieto publica esta viñeta en el ABC. Complementa y al mismo tiempo resume perfectamente lo escrito arriba.


P.P.P.D.: Gracias Marta por esta letra, que por mucho que la tachen de cursi, interesada o infantil, nos ha gustado a muchos compatriotas tuyos. A mí por lo menos.


Vuelvo a casa, a mi amada tierra
la que vio nacer un corazón aquí.
Hoy te canto, para decirte cuanto orgullo hay en mí,
por eso resistí.
Crece mi amor cada vez que me voy,
pero no olvides que sin ti no se vivir.
Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón
y no pido perdón.
Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí,
honrarte hasta el fin.
Como tu hija llevaré ese honor,
llenar cada rincón con tus rayos de sol.
Y si algún día no puedo volver,
guárdame un sitio para descansar al fin.

lunes, 12 de febrero de 2018

El tonto del pueblo


Por edad pocos de vosotros recordaréis la serie “Crónicas de un pueblo” que se emitió en TVE entre 1971 y 1974. Pero seguro que os han hablado de ella vuestros padres o abuelos, o quizás hayáis visto algún reportaje o leído algún artículo sobre esta “supuesta” antigualla, que por arte de magia siempre acaba volviendo a nuestras vidas. Como “Verano Azul”. O “Curro Jiménez”. Hay cosas eternas, inmutables: como la biología o la historia, que por mucho que intenten reescribirlas, manipularlas, obviarlas o negarlas, al final siempre prevalecen. Verdades. Y esto le duele mucho a determinados elementos. Y elementas. A los progres sobre todo. Y a los autodenominados “intelectuales de izquierdas” (¿oxímoron?) , que no son más que catetos que aprovechan su mínima preparación para manipular y engañar a los demás catetos.

Dicha serie costumbrista narraba la vida cotidiana de un pueblo, con sus anécdotas y sus problemas, sus alegrías y sus penas, reflejando la realidad social a través del elenco de personajes que aparecían en cada uno de los episodios: el cura, el Guardia Civil, el cartero, el alcalde, el maestro…, en resumen, todos aquellos arquetipos que permiten describir la realidad social de una época y de paso inyectar en los ciudadanos la necesaria dosis de educación y de moral. Así los episodios se convertían en pequeñas fábulas que abrían los ojos a las personas, les hacían reír, llorar, pero también reflexionar, lo cual les ayudaba a entender.

Lo que no recuerdo muy bien es si en la serie aparecía el tonto del pueblo. Igual no. Tampoco eran momentos idóneos para retratar una España negra, inculta, palurda, retrógrada y llena de tontos del pueblo. La época olía a apertura, a transición, a cambios, a una “supuesta” libertad, a Europa, y no hubiera sido de recibo echar piedras sobre nuestro propio tejado dando detalles de nuestro evidente retraso social y cultural. O quizás no fuera retraso, visto lo que tenemos que aguantar hoy en día en esta, según dicen, sociedad avanzada y culta. Ahí cada cual.

Pero dejando a un lado esa entrañable serie, bien sabemos todos que los clásicos personajes que deambulan por los pueblos (y por los barrios de las ciudades, no vayáis a creer que por vivir en la ciudad se arregla todo) siguen ahí, invariables, inmutables, insustituibles. El bocazas, el listillo, el santo (y casi siempre primo al mismo tiempo), el borrachín, el niño bien, la guapa recatada y la menos guapa pero de moral distraída. Y, como protagonista absoluto, culpable de todos los males, victima propiciatoria de todas las bromas, teníamos, y seguimos teniendo, al tonto del pueblo. Con su boina mal calada, sus pantalones o bien demasiado cortos o bien extremadamente anchos, sus orejas de soplillo, sus uñas con una ancha banda de mugrienta suciedad como si fuera de luto todos los días, su tartamudez, cojera, ceguera o cualquier otro defecto físico.

Era y es el personaje necesario en toda sociedad que se precie. Alguien a quien echar las culpas, a quien hacer responsable de nuestros fracasos, de los hurtos, del calor y del frío, de nuestra propia incapacidad, de nuestros traumas y de nuestros complejos. Como los niños asilvestrados que de tanto en cuanto aparecían en algunas sociedades y que de inmediato se convertían en el chivo expiatorio de todos los males y culpas del lugar. Como Kaspar Hauser en Baviera a principios del siglo XIX.

Pero se da el caso que en muchas ocasiones ese “tonto del pueblo” de tonto no tenía nada. Era diferente, era callado, igual era un poco feo, tendría algún defecto físico o hasta psíquico (igual no era nada más que autista o quizás un superdotado), o simplemente era una persona tímida o soñadora. Cualquier situación es posible. Pero por desgracia, como bien sabemos, la sociedad como conjunto marca a las personas, las estigmatiza, las señala, las aparta, las humilla. Injustamente en muchos casos. Igual en la mayoría de ellos.

Hasta que gracias a Dios llegamos a nuestra gloriosa, culta, tolerante y avanzada época. A nuestros días. Al año del señor de 2018. Al mes de Febrero.  Y de pronto ya nadie nos puede echar en cara de que somos injustos por llamar a alguien tonto. De estigmatizar a alguien por sus defectos, por su apariencia, por su dicción incomprensible, por su incultura o por su falta de higiene personal. 
Por fin tenemos la evidencia de que verdaderamente existen los tontos del pueblo. Bueno, me corrijo para que las mujeres no se quejen de su visibilidad: definitivamente existen las tontas del pueblo

Hemos tardado muchos siglos en descubrirlo, pero ahí está la evidencia.

Por lo menos una tonta del pueblo existe. Y encima es muy tonta. Y se llama Irene. Irene Montero. O Montera. La portavoza. 




P.D. Seamos justos. Basta de discriminación positiva. También existen los tontos del pueblo. 



jueves, 8 de febrero de 2018

Expaña


Siempre he tenido la intención de escribir un artículo, un relato corto o hasta un libro dedicado a la letra EÑE, tan característica y representativa de nuestro querido idioma (aunque no sea una letra exclusiva de nuestra lengua, ya que también es parte de muchos otros alfabetos como el asturiano, el aimara, el bretón, el bubi, el gallego, el chamorro, el mapuche, el filipino, el quechua, el guaraní, el otomí, el mixteco, el papiamento, el rohingya, el tagalo, el tártaro de Crimea, el euskera, el zapoteco y de otras muchas lenguas minoritarias).
Si hasta he pensado infinidad de veces en tatuarme una preciosa eñe en alguna parte de mi avejentada piel.

Como bien canta “Hispánica”:
Tinta negra en mi piel
Son recuerdos del ayer
Una vida, un sentimiento, una historia y un porqué
Tinta negra en mi piel
Aún recuerdo lo que fue
Una idea, una lucha, un deber

Porque más allá de ser una letra muy nuestra, la eñe es claramente un símbolo del hispanismo, de ese concepto integrador y motor de la evolución social, científica y cultural durante los muchos siglos en los que el Imperio español aportó tantas cosas buenas a la humanidad (frente a las mentiras de la “Leyenda negra”, auspiciada, inventada y utilizada a destajo como arma contra nosotros por ingleses y franceses, nuestros históricos y tan mentirosos enemigos). La maldita envidia de unos y de otros. Pero bueno, eso es harina de otro costal sobre lo que se han escrito un sinfín de tratados. Tampoco soy yo una autoridad para desgranar la historia de España y de Europa en un simple comentario en este cuaderno de bitácora. Suficientes maestros y eruditos tiene el hispanismo para alumbrar lo bueno de nuestra historia. Como por ejemplo María Elvira Roca Barea en su magnífico ensayo “Imperiofobia y leyenda negra”.

Pero por desgracia hoy iba a escribir sobre otra cosa. Sobre el prefijo “EX”. Y sobre Expaña, título de este artículo, que refleja la maldita realidad en la que vivimos: España ya no existe. Por lo menos la España que fue, que amamos, que soñamos y que visto lo que hay se perderá irremediablemente en la vorágine de la Europa actual y en la basura de sociedad carente de valores en la que nos ha tocado vivir. Y ya es extraño que la “Real Academia de la Lengua” acepte tantas nuevas (y muchas veces ridículas) palabras y no añada de una vez “Expaña” a su tan preciado diccionario. Si ya existen en el DRAE más de 8.800 palabras que empiezan con el prefijo “ex”, no nos viene de una más, digo yo.

 Expaña con una única acepción:
1. m. Nación que una vez fue y que entre todos se cargaron.

Vamos pues a por el maldito prefijo “ex”.

Una Expaña expuesta a las excentricidades (siendo benévolo) de mil y un payasos (siendo más benévolo aún).
Una Expaña en la que los exabruptos de políticos, pseudoartistas, pseudoperiodistas y demás ralea sobrepasan día sí día también la mínima educación en un país antaño culto y educado.
La exasperación que produce aguantar las sandeces que sueltan inútiles como Rufián, Irene Montero, Eche-Nike, personajes que parece que usen el excretor en vez de la boca.
La exuberancia con la que vive el fugado iluminado Puigdemont en Waterloo (acaba de pedir unos pocos millones de Euros para mantener su alto nivel de vida, su mansión y sus cenas a base de buenos vinos, mejillones y jamón patrio).
Las mil y una excusas que usan tanto Podemos como Ciudadanos para cambiar la ley electoral, cuando lo único que les interesa es cambiar a una nueva fórmula de cálculo que les beneficie. Como su excéntrica petición de que puedan votar los mayores de 16 años. Cuando ellos mismos, léase Pablo, su cortesana Irene, Iñigo y demás vagos populistas tienen menos madurez que los renacuajos de cualquier charca inmunda.
La pendiente excomunión de Sor Lucía Caram y demás religiosos (los monjes de Montserrat los primeros) al servicio del rancio separatismo.
La cansina e insistente petición por parte de los casposos comunistas de la exhumación de cadáveres asesinados por uno de los bandos de la guerra civil, ocultando al mismo tiempo la existencia de muchos miles más en el otro bando. Poca cosa más explícita puede haber que pasear un rato por el camposanto de Paracuellos.
El excluidor racismo y clasismo de los nacionalistas catalanes y vascos.
La rebuscada y falsa exégesis que se han sacado de la manga los populistas asturianos para aupar el asturiano a lengua cooficial y con ello poder empezar a clasificar y separar a la sociedad sin que ni un experto lingüista, sociólogo o historiador les dé la razón. Y a mangonear con subvenciones hasta la extenuación.
El continuo extravío de dinero, de pruebas judiciales, de testigos y de imputados en los miles de juicios por corrupción pendientes a lo largo y ancho de la península ibérica.
El fanático extremismo nacionalista de otros siglos que está enfrentando a los ciudadanos en cualquier rincón de España, desde Cataluña, pasando por Baleares y Valencia hasta Galicia o Asturias.
La expropiación de la voluntad real de un pueblo a base de pactos bajo mano, chanchullos, connivencias y prebendas de todo tipo.
Los experimentos educativos y sociales que han conseguido en pocos lustros convertir los dos únicos sexos existentes en un sinfín de desviaciones y enfermedades que quieren aupar a rango de ley de la naturaleza a golpe de invenciones y mentiras.




En fin, para que seguir.

Acabaría extenuado, excitado y exaltado.
Y con ello expuesto a que con la nueva ley de memoria histérica que nos quieren imponer me tacharan de extremista, explosivo o extemporal.
Y tuviera que vivir expatriado en alguno de los pocos países que aún se resisten a perder sus orígenes occidentales cristianos y europeos. Como Hungría. O Polonia.

Porque por lo que atañe a nuestra patria, lo dicho:

EXPAÑA.

miércoles, 10 de enero de 2018

Carta a los tabarnienses

Queridos hermanos:

Mucho se ha escrito ya sobre el fenómeno de Tabarnia (el último y acertado comentario sobre el particular lo publicó hace bien poco el buen amigo Jorge Buxadé en su blog, adelantándose en horas a estas líneas que redacto en este momento).

A saber: la campaña de una Tabarnia autónoma que englobe las comarcas más productivas y menos nacionalistas de Cataluña es una idea bien argumentada que surgió hace bastantes años, en la que se ponen en tela de juicio las desigualdades existentes en Cataluña en cuanto a la aportación a la riqueza y al bien común y a la recepción de sus platos de lentejas en forma de subvenciones a cambio de apoyos y sobre todo votos. 

Y como el maldito nacionalismo va exactamente de esto, durante muchos decenios no ha dudado en aprovecharse de los defectos de la ley electoral vigente en Cataluña y de la facilidad para repartir prebendas, en aras de ganarse el voto cautivo y sumiso de las regiones interiores de Cataluña.

Y todo ello con unos objetivos muy claros: enmascarar su mafioso y bien organizado latrocinio y de paso ocultar y silenciar la realidad social de esta bella región española llamada Cataluña. Bien aderezado el montaje con leyendas, mitos, invenciones, sangrantes mentiras y la infinita  desfachatez de los “líderes” nacionalistas y separatistas para vender la moto a los incautos y abducidos ciudadanos y lucrarse de manera exagerada y hasta vomitiva, enarbolando para ello una sucia, inventada y partidista bandera de confrontación y fanatismo.

Y no seré yo el que critique este “revival” de la idea de Tabarnia, más aun siendo tabarniense de nacimiento, ni su reciente y bien ruidosa explosión en las redes sociales y los medios de comunicación, tanto nacionales como extranjeros. Como ya se ha comentado y analizado en infinidad de artículos de prensa, la campaña de Tabarnia ha servido, y mucho, para desmontar uno a uno los simples e infantiles argumentos del separatismo catalán, respondiendo a sus sinrazones con sus mismas armas. Un nítido espejo para su estupidez en el que se han visto reflejados de tal manera que hasta se han puesto nerviosos, como si fueran niños pequeños a los que han pillado robando caramelos.

Pero, en mi modesta opinión, toca parar. No seamos ingenuos e infantiles (y listos) utilizando esta gracia hasta el hastío, explotando su repercusión social, inventando (y vendiendo) banderas, escudos y seguro que pronto también sudaderas, fundas para móviles y en cuanto llegue el buen tiempo toallas, playeras, hamacas y sombrillas.

No hay chiste, ocurrencia, eslogan o idea táctica, por muy buenos que sean, que puedan estirarse hasta el infinito, ya que dejarán de tener sentido, serán copiados (véase el nacimiento de Ribernia, de Vasconia y demás clones tabarnienses) y extremadamente fáciles de ridiculizar y desmontar.

Porque al igual que hemos podido acabar con el nacionalismo y sus mentiras a base de verdades, cifras, argumentos, historia, cultura e intelecto, cualquier persona mínimamente preparada (esto no incluye obviamente a Rufi, Marta y el resto de la banda, título de un futuro artículo) podría acabar con la campaña de Tabarnia en un abrir y cerrar de ojos.

Como símil podríamos usar lo que dice San Pablo en su carta a los Gálatas:

“Ahora bien, si al buscar nuestra justificación en Cristo, resulta que también nosotros somos pecadores, entonces Cristo está al servicio del pecado. Esto no puede ser, porque si me pongo a reconstruir lo que he destruido, me declaro a mí mismo transgresor de la Ley.”.

No podemos echar por tierra el tremendo esfuerzo llevado a cabo en los últimos decenios por miles y miles de catalanes y españoles de otras regiones, con su explosiva culminación en octubre del año pasado en las manifestaciones civiles en Barcelona y la victoria (en número de votos) en las últimas elecciones autonómica de la razón, la libertad y la justicia frente a la anacrónica barbarie separatista, siguiendo “in aeternum” con el jueguecito tan divertido de Tabarnia, del yo más, del tú qué y de la estúpida confrontación.

Y me permito citar de nuevo a San Pablo:

Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren que esta libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales: háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor.  Porque toda la Ley está resumida plenamente en este precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si ustedes se están mordiendo y devorando mutuamente, tengan cuidado porque terminarán destruyéndose los unos a los otros

Esos deseos carnales que simbolizan el egoísmo, el egocentrismo, el yo frente al nosotros, no tienen nada que ver con el espíritu de libertad, de unión, de solidaridad y de justicia que la sociedad civil catalana, sin la ayuda de los siempre interesados partidos políticos, ha sacado a relucir en estos últimos meses.

Una sociedad civil cansada de desigualdades, de imposiciones, de separatismos, de injusticias, de favoritismos, de robos y de confrontaciones inventadas y dirigidas.

Barcelona es Barcelona, Tarragona es Tarragona, Gerona es Gerona y Lérida es Lérida. Y todas ellas son provincias españolas de la bonita, histórica y querida región catalana, parte intrínseca de nuestra milenaria nación, España.

Como lo son La Coruña, Álava, Albacete, Alicante, Almería, Asturias, Ávila, Badajoz, Islas Baleares, Burgos, Cáceres, Cádiz, Cantabria, Castellón, Ciudad Real, Córdoba, Cuenca, Granada, Guadalajara, Guipúzcoa, Huelva, Huesca, Jaén, La Rioja, Las Palmas, León, Lugo, Madrid, Málaga, Murcia, Navarra, Orense, Palencia, Pontevedra, Salamanca, Segovia, Sevilla, Soria, Santa Cruz de Tenerife, Teruel, Toledo, Valencia, Valladolid, Vizcaya, Zamora, Zaragoza, Ceuta y Melilla.

Como bien reza el lema del escudo de Tabarnia presentado “en sociedad” hace pocos días:


Acta est fabula.



 La función ha terminado.


La de Tabarnia también.


P.D.: Y que conste que la maravillosa idea de Tabarnia ha conseguido bastantes más firmas que votos  han arañado algunos de los enfermos partidos que quieren dividir nuestra sociedad y nuestra patria.






martes, 19 de diciembre de 2017

Feliz Navidad en blanquiazul.

La casualidad, o mejor dicho la pésima gestión de los directivos del RCD Españyol por un lado y de los golpistas de la autonomía catalana por otro, nos ha llevado a unas fiestas navideñas en las que más que pedir tenemos que implorar al niño Jesús, a los Reyes Magos y al Tió de Nadal que nos echen un cable y con sus regalos nos saquen del atolladero en el que estamos metidos.

La situación dramática que está viviendo nuestra patria chica, Cataluña, con el golpe de estado organizado por unos pocos iluminados nacionalistas con el único fin de mantenerse en el poder y ocultar sus miserias y latrocinios, se ve reflejada tristemente en nuestro querido Real Club Deportivo Españyol.  Deportivamente nuestro futuro pende de un hilo, estando nuestro equipo cerca del abismo de las posiciones de descenso a segunda división, y políticamente Cataluña está asimismo jugando con fuego, dividida artificialmente por manipuladores, mentirosos, ladrones y prófugos.

¡Vaya fiestas nos esperan!

En Cataluña, un minoría separatista (en votos lo es, aunque la ley electoral vigente les otorgue una representación mayor que la voluntad real del pueblo) intenta dinamitar la convivencia basándose en medias verdades, leyendas, manipulaciones, falsas acusaciones y demás ardides, con el único fin de mantenerse en el poder y con ello seguir exprimiendo al pueblo catalán y evadiendo los porcentajes “recaudados” a paraísos fiscales.

Y por si no bastara con los malos resultados deportivos, en nuestro querido club, el Real Club Deportivo Españyol, otra minoría separatista (en este caso tan minoritaria que sin duda cabe en un microbús), liderada en la sombra por el vago de Argentona, intenta imponer a una mayoría social apolítica, amante del deporte como único objetivo, sus partidistas banderas de odio y confrontación. Y si a esto sumamos a determinados elementos “periculerdos” de la directiva actual, que desde que rigen nuestros destinos han hecho más mal que bien, las felices fiestas navideñas se nos presentan por desgracia cargadas de dudas, miedo e impotencia.

Pero nadie nos va a asustar ni estropear a estas alturas del siglo XXI las fiestas familiares por excelencia. Nuestra herencia blanquiazul se basa en una idiosincrasia de familias luchadoras, fieles, creyentes, unidas y tradicionales, amantes de la alegría, la bondad, la convivencia y la diversidad

En el mundo blanquiazul no hay odio, ni discriminaciones, ni fundadores protestantes, racistas y masones, ni directivos encausados y expresidentes enjaulados. Somos normales, de aquí y de allá, ni superiores ni inferiores a nadie. Somos de Girona y de Vic, de Santa Coloma y de Badalona, de Tarragona y de Reus, de Masnou y de Arenys, de Ciutat Vella, de la Verneda y de Sarriá.  
Y encima nunca hemos crecido de forma artificial regalando carnets de socio, ni hemos utilizado nuestros nobles colores para otro fin que no sea la sana competición deportiva.

Al igual que la mayoría de catalanes, que ni odian al prójimo, ni son racistas, ni roban ni mienten.

Y aunque en los últimos 30 años los separatistas, con la necesaria complicidad del otro club de la ciudad, hayan conseguido desvirtuar esa esencia catalana de tolerancia, de gente trabajadora, de región de acogida, de “seny” y de nobleza, la mayoría hasta ahora silenciosa de nuestra región, y también de nuestro querido club deportivo, se impondrá sin dudarlo a la insensatez de los borregos adoctrinados.

Esperemos que tanto el día 21 en las Elecciones Autonómicas como el día 22 en el crucial partido ante el Atlético de Madrid y los días 4 y 11 de Enero ante el Levante, el espíritu de buen catalán y mejor perico triunfe y nos lleguen esos regalos navideños que tanto anhelamos y merecemos.

¡Felices fiestas blanquiazules a todos!


Bon Nadal.



miércoles, 13 de diciembre de 2017

Malditas fiestas de finales de diciembre

Iba a titular este artículo “Maldita Navidad”, pero al final he decidido dejarlo en “fiestas de finales de diciembre”.  Como si las llamara fiestas del Q4, que así se denomina el último trimestre en el tan globalizado argot empresarial: porque vistos los escaparates, los anuncios y la tan colorista y al tiempo patética decoración de nuestras ciudades desde principios de Noviembre, poco tienen que ver estas fiestas con el último mes del año y con el misterio navideño. Ya hace bastantes lustros que (por desgracia e imposición de la economía global) la celebración antaño mística y religiosa empieza el “Black Friday”, el viernes posterior al “Día de Acción de Gracias” yanqui, y acaba, por lo menos en el mundo hispano, con la fiesta de los Reyes (y Reinas, por lo menos en Madrid) Magos el seis de enero. 
Del Q4 al Q1 y tiro porque me toca. O mejor dicho, gasto aunque no me toque.

Y a pesar de tener preparada (y a punto de mandar) mi anual felicitación navideña, que suelo enviar a familiares, amigos y también a simples conocidos, esta vez se me antoja más artificial y rutinaria que nunca. No son tiempos de alegría, de felicidad, de amistad o de jolgorio, y mucho menos aún lo son de fe, de solidaridad, de caridad, de comprensión, de generosidad, de justicia, de sinceridad, de altruismo o de amor.

¿Qué sentido tiene entonces felicitar unas fiestas “de paz y amor”, (en las que por cierto, por si alguno lo ha olvidado, se celebra el nacimiento de Jesús de Nazaret), cuando nuestra sociedad se ha convertido en un maldito estercolero en el que las ratas campan a sus anchas y asesinan por la espalda a ciudadanos por el simple hecho de lucir una bandera de España (¡Víctor Laínez, presente!), los mafiosos políticos catalanes dan golpes de estado y se fugan (con todos los gastos pagados por nosotros) a otros países,  los gobernantes roban y mienten en todas y cada una de las nefastas autonomías del país, los periodistas inventan y manipulan sin ni siquiera saber hablar o escribir con corrección, los verdaderos valores ya no existen, la religión católica es el objetivo predilecto de los ataques e insultos de la nueva “clase” política y sus voceros y “tot plegat” se reduce a un superficial y exagerado consumismo y a eliminar con saña cualquier atisbo de religiosidad de estas fiestas?


¡Si hasta la tarjeta de felicitación navideña de nuestro “Jefe del Estado” ha dejado de contener cualquier referencia al sentido religioso de estas fechas! Y eso que por herencia sigue ostentando, entre otros muchos, el título de “Rey Católico” y “Rey de Jerusalén”. ¿Rey? ¿Católico? Anda y que le zurzan a él y a su familia.


¿Qué podemos hacer entonces? ¿No gastar ni comprar regalos a nuestros seres queridos aduciendo estas razones puristas, cuando en el fondo no lo hacemos por falta de parné? ¿Aislarnos del mundanal ruido de las cajas registradoras, de los apuntes en nuestra cuenta corriente y las transacciones por Paypal, darnos de baja de Amazon Prime y encerrarnos en casa buscando el tesoro perdido de unas fiestas tradicionalmente familiares, emocionantes y llenas de buenos sentimientos?

No tengo repuestas. Ni las tengo hoy, en el año 2017, ni las tenía hace 20 años, ni supongo que las tendré en el cada vez más corto futuro que tengo por delante.

Es misión imposible escapar a esta sociedad decadente, a la imposición de modas, a la absurda persecución de inducidas necesidades, a no caer en las redes del oxímoron “nuevas tradiciones” que cada año nos coloca alguna figura nueva en el antes reducido imaginario de pastores, reyes, el buey, el burro y la Sagrada Familia, como si se tratase de una eterna trilogía de Hollywood que cada año nos tiene que sorprender con otro animal, duende, elfo o gnomo tan poco navideño como el supuesto nacimiento montado por Inmaculada Colau (aunque suene a chanza así se llama la inculta, vaga y ahora también bisexual alcaldesa: por interés te quiero Andrés, o Andrea) en Barcelona o la decoración de la bruja Carmena en las calles peatonales (y unidireccionales) de Madrid.


Tan unidireccionales como el oscuro camino por el que deambula nuestra sociedad: la absoluta carencia de valores espirituales, de creencias, de respeto, de trascendencia, de humanidad, de honor, de piedad, de fe.

De soñar y trabajar por un glorioso mañana recordando nuestro pasado griego, romano y cristiano, defendiendo valores eternos, trabajando por el prójimo, dándole amor y cobijo, hemos pasado a la feroz lucha por ser el país más zafio, chabacano y ruin del hemisferio norte.

Eso sí, gastando a espuertas lo que no tenemos para algo que realmente no necesitamos. 
No vaya a ser que el crecimiento de nuestro PIB no se ajuste a las previsiones y nos caiga una bronca de los malvados amos de Mordor, aka Bruselas: esos sucios ogros que lo único que han conseguido es destrozar nuestro modo de vida, nuestra cultura y nuestra economía en aras del beneficio económico de unos pocos (y sus más que generosos emolumentos). 

Y encima cobijando y dando coba al rastrero, falso y cobarde Fuigdemont y los suyos. ¡Qué asco!






Apa, bones festes.



P.D.: No creáis que no veo la viga en mi propio ojo y solamente la paja en el ajeno. También sucumbo, como todos, a las imposiciones “sociales” de estas fiestas. Pero aún así intentaré llevarlas con dignidad, disfrutando de los momentos verdaderamente navideños, de las reuniones familiares en la cena de Nochebuena y de la siempre espectacular “Escudella y carn d’olla” del día de Navidad, sintiendo y demostrando bondad y amor por las personas queridas. 


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Si yo votara

Si yo votara,  en las próximas elecciones autonómicas catalanas (y por primera vez) tendría mis dudas. Véase la posición de la coma en la frase anterior para entender mi punto de partida. Yo no suelo votar a partidos políticos. Mejor dicho, nunca les he votado. Voté una vez, en el referéndum sobre la entrada en la OTAN del 1986, al no haber partidos por medio, y encima salí escaldado. Mejor dejarlo.

Y encima en esta ocasión ni tengo el derecho a votar. Después de 6 años fuera de mi tierra, de mi patria chica Cataluña, justamente en Mayo de este año del señor de 2017 decidí empadronarme en Madrid por razones prácticas: el acceso al servicio sanitario sin cortapisas por llevar una tarjeta sanitaria catalana (¿para cuándo la unificación, señores políticos?) y la menor carga fiscal que se me aplica en esta comunidad autónoma (¿para cuándo la igualdad de todos los españoles ante la ley y el fisco, señores políticos?)

¿A qué viene entonces este artículo? Pues la razón es que por una vez, y sin que esto sirva de precedente, de tara o de traición, creo que hay que votar. Los que me conocéis y los que opináis lo mismo que yo en la mayoría de los temas serios de la vida, os podéis hacer una idea de lo difícil que es para mí recomendar la participación en un proceso electoral, cuando desde pequeño siento una gran aversión, que no profundo asco, por los partidos políticos de nuestro país, por el sistema que se autoproclama democrático pero que en mi opinión no lo es, por el régimen político de corrupta y borbónica monarquía parlamentaria, por el a todos luces injusto sistema electoral y la intolerable Ley D'Hondt y por el maldito estado de las autonomías, que no ha hecho más que traer desgracia y ruina a nuestra patria.

Conque tengo que recular. Y lo hago sin traumas, sin sentirme traidor a mí mismo ni a los ideales que siempre he defendido. Ni renunciando, por supuesto, a mi crítica al sistema en sí, a nuestro ordenamiento jurídico y a nuestro caduco sistema político y a los impresentables ladrones, corruptos y vagos profesionales que rigen nuestros destinos en las múltiples y costosas administraciones del estado. Esa lucha es eterna: mientras quede un halo de vida en mi cuerpo seguiré al pie del cañón, maldiciendo lo malo, proponiendo mejoras y soñando con un nuevo amanecer. Faltaría.

Y encima lo tengo fácil: os recomiendo votar pero yo mismo no tengo que hacerlo. Vaya suerte la mía.

Bromas aparte,  estamos ante una encrucijada en la que, por desgracia, no vale cerrar los ojos, ni escudarse en ideales o convicciones opuestas al sistema político y electoral actual, ni tampoco votar a partidos minoritarios, abstenerse o pintar las papeletas con la cara de Homer Simpson o invalidarlas con proclamas e insultos.

El discurso (muy mío por cierto) de que el “mal menor” no me sirve, de que prefiero la “nada” a no conseguir el “todo”, en estos momentos no sirve para absolutamente ningún propósito. 

Si los partidos “constitucionalistas”, o “unionistas”, o cómo diablos los quieran llamar unos y otros, no consiguen hacerse con la mayoría en estas elecciones, la maldición del “prusés” nos perseguirá durante muchos, muchos años, con el agravante de que una parte importante de España, Cataluña, se irá económicamente al garete, que las relaciones sociales y familiares acabarán por reventar, que la violencia será el pan nuestro de cada día, y que nos volverán a gobernar iluminados, mediocres, violentos, mentirosos, revanchistas y enfermos.

Y todos sabemos lo que significa este escenario: volver a empezar, la cantinela de siempre, la historia inventada y reescrita, los imaginarios países catalanes, el España nos roba, la contraeducación como arma política, los medios públicos como altavoz de la insensatez y la mentira como leitmotiv de la vida de las mafiosas familias de la burguesía catalana que mueven los hilos y hacen bailar a las pobres marionetas abducidas.

Y tocaría de nuevo aguantar al bufón Rufián, al enfermo Fuigdemont, a la limitada Marta Rovira, al payés Tardá, a la vaga Colau, a los cobardes exconsellers, al tan poco católico Junqueras, a los argentinos infiltrados, a los sucios e inútiles miembros de la CUP, a los curas y obispos que han olvidado al Dios al que sirven y representan y que de golpe adoran al ídolo dorado del separatismo, en resumen, a la herencia de 35 años de latrocinio, mentira y manipulación de la sagrada famiglia Pujol Ferrusola y sus siervos.

Dicen hoy en la prensa que faltan unos 300.000 votos para acabar con esta pesadilla. Si yo votara, faltaría uno menos.

Votad pues, que yo no puedo, y que Dios reparta sensatez.




Habla pueblo habla
Tuyo es el mañana
Habla y no permitas
Que roben tu palabra

Habla pueblo habla
Habla sin temor
No dejes que nadie
Apague tu voz