miércoles, 11 de mayo de 2011

Identidad

Estaba yo en un tris de titular este artículo “Identitarios”, cuando un buen amigo mío me ha aconsejado “no meterme en estos fregados. Estando en época de elecciones, con la mayoría de nuestros conocidos, amigos y camaradas inmersos en la campaña electoral defendiendo posturas diversas y en muchos casos bajo siglas harto extrañas, este mi amigo debe de considerar que es mejor arrimar el hombro, apoyar a los nuestros aunque consideremos que están equivocándose y ser práctico. Es decir, usar la política, los partidos y las elecciones para conseguir arañar un poquito de poder consiguiendo alguna representación local o autonómica.

Pero yo sigo en mis trece. Esto, en el fondo, no aportará nada al bien común, a nuestros ideales compartidos durante años ni, menos aún, a la idea de patria que hemos soñado durante tantos años. No desprecio sus consejos. Suelen ser acertados. Pero siempre hay algún punto que prefiero discutir y no dar por válido por que sí.

Hablemos pues de la identidad, que no del concepto “identitario”. Concepto tan extraño, nuevo y rebuscado que ni lo acepta el corrector del procesador de textos que estoy usando. Por no hablar de la Real Academia, que ni en su versión actual ni en el “Panhispánico de Dudas” incluye esta palabra. Si alguien tiene algún interés especial en saber a qué hace referencia este nuevo concepto aplicado a los partidos políticos simplemente tiene que tirar de Google, Wikipedia o cualquiera de las demás fuentes de información “fidedignas” que se están convirtiendo pasito a pasito en la biblia de los incultos, iletrados y vagos. Aún dudo yo si esta apertura informativa que ha supuesto el acceso a la Red, las wikis, los foros, los blogs y las redes sociales realmente esté aportando un mayor nivel cultural al ciudadano medio o si por el contrario está liando las mentes un poco más y convirtiendo hasta al ministro socialista más burro en un “culturetas” sabelotodo. Aunque esto es harina de otro costal que se merece un artículo aparte.

Volvamos entonces a nuestra identidad. Esta viene impuesta por unos factores muy claros. Nuestra filiación y nuestra raigambre. Tenemos por lo tanto como componentes de nuestra identidad la nacionalidad, el (o los) idioma(s) y la cultura que hemos heredado de nuestros progenitores, sumado a las raíces culturales y sociales en las que nos hemos criado. Aquí cada uno puedo reflexionar sobre cuál es su identidad. Si la de su bloque de pisos, la de su barrio, la de la urbanización donde veraneaba, la de su ciudad, de su provincia o la de su región o comunidad autónoma actual (que por cierto son variables en la vida de muchos ciudadanos y más lo han sido aún en la historia de España).

¿O será quizá otra nuestra identidad? Digo “nuestra” refiriéndome a la de “la mayoría de nuestros conocidos, amigos y camaradas” ya nombrados al principio. ¿No podría ser, pongamos el caso, que nuestra identidad sea un compendio de todo lo detallado anteriormente? ¿Del barrio, la ciudad, la provincia y la región, sumado a nuestros viajes y vivencias de juventud (muchos de estos compartidos), a los barrios, ciudades, provincias y regiones de nuestros padres, amigos y camaradas que nos han acompañado hasta ahora en nuestras vidas?

¿Y cómo hemos llamado a todo esto hasta ahora? Yo diría que siempre lo hemos llamado nuestra Patria. Y que esta nuestra patria siempre se ha llamado España.

Somos herederos de nuestra historia milenaria, de nuestra cultura tan rica y diversa, de las acantilados de la Costa da Morte y los desiertos del Sáhara. De los bosques del pirineo catalán y las llanuras burgalesas. De la Reconquista iniciada en Covadonga al descubrimiento de las Indias. Del bocadillo de calamares de la Plaza Mayor de Madrid a la butifarra de payés del Montseny. Del gazpacho y del pacharán. De la sidra del norte al fino del sur. De Figueras a Tarifa y de Tortosa a Finisterre. Del “Nodo” que algunos hemos llegado a ver a las repeticiones de Verano Azul. De Jaume Sisa y la Orquesta Platería a los Nikis o los Toreros Muertos. De Gasol a Induráin y de Juanito a Ballesteros. De la sardana a la jota y de los castellers a las traineras. De la Semana Santa sevillana a la “Rompida” de Calanda pasando por la Dança de la Mort de Verges. De la Vuelta y la Volta. De Sarriá, Malasaña, el Brillante cordobés o del Poble Nou. ¿Sigo?

Quién nos los iba a decir, a estas alturas. Tenemos una identidad. Y se llama España.

1 comentario:

  1. Anónimo4:43 p. m.

    Gran artículo como los últimos que vienes colgando. Desconocía la no aparición de la palabra identitario en el diccionario. Pero si que ya son varios los subterfugios usados para no nombrar a este país, antes llamado España como decía FVC. Por encontrar un pequeñísimo error, en la relación de bellos rincones, parajes y tradiciones se echa en falta un recuerdo al sureste jejeje. ;)

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