viernes, 1 de julio de 2011

El saber si que ocupa lugar

La muy raída expresión “Sólo sé que no sé nada”, atribuida a Sócrates pero plasmada en papel por primera vez por su discípulo Platón, siempre ha sido el arma defensiva perfecta en los momentos en los que los conocimientos de tu interlocutor te superan. El problema es que en muchos casos este recurso se convierte en el alibi general para no tener que aprender nada, para saltarse a la torera el esfuerzo mental que significa escuchar (que no oír), procesar, entender y a poder ser, analizar y memorizar.

Admito aquí y ahora que soy de los que han abusado durante muchos años de estas y otras excusas para ocultar o justificar mi falta de conocimientos en determinados temas. La humildad se adquiere con el tiempo y todos sabemos muy bien que de joven lo peor que te puede pasar es quedar empequeñecido ante los compañeros, ya sea físicamente, recibiendo más golpes que los demás, emocionalmente (para no llamarlo directamente sexualmente) , quedándote siempre sin la guapa del baile y dándole la tarde al camarero de turno con tus cansinos lamentos , o intelectualmente, perdido con la boca abierta cual pez fuera del agua ante una conversación de tus amigos en la que no pillas ni las preposiciones. Esta etapa, circunscrita normalmente a la juventud, se supera gracias a Dios conforme pasan los años y vas adquiriendo un determinado nivel de formación que te permite afrontar las conversaciones con tus “peers” con cierta tranquilidad. Ya sea estudiando, leyendo, o simplemente formándote en tu puesto de trabajo y en la vida diaria, el bagaje cultural va creciendo y esa inseguridad juvenil va dando paso a una confianza en ti mismo que solamente se rompe cuando te enfrentas a alguien muy superior a ti.

El quid de la cuestión llega en este preciso instante: volver a caer en el paso atrás, en esconderte debajo de la manta, en la excusa del no saber nada, o asumir, con toda sinceridad, que de esto o aquello no tienes ni santa idea. Y querer aprender. A mí personalmente me ha costado lo suyo. Poco triunfador en la parte social, digo sexual, y del montón en la parte física, he usado mis conocimientos durante muchos años como único escudo para defenderme ante el resto de la humanidad. Y ha funcionado. Tuve la suerte de criarme simultáneamente en dos culturas, la española y la alemana, algo que te da una amplitud de miras que ninguna persona monolingüe puede entender, incorporando posteriormente el idioma y las tradiciones catalanas por raigambre familiar, la cultura anglosajona con el inglés y el imperio “cultural” de los EEUU, un poquito del idioma y del mundo francés por 2 años de estudios en Alemania en los que dicho idioma era el que se estudiaba como segunda lengua y el italiano por mis más de 15 años de relación con mi antigua familia política, medio italiana y medio española. Con este punto de partida, más 3 años de universidad, cursos diversos que no vale la pena detallar, trabajos como traductor y ya (como pasa el tiempo) 20 años de carrera en una multinacional, he sido capaz de llegar a cierto nivel intelectual que me permite estar a la par con la mayoría de mis conocidos, cuando no superarlos.

Pero, lo más importante, ha sido la evolución interna, igual influenciado por el recuerdo de mi madre, que tenía una verdadera obsesión por aprender y por saber, que me ha llevado a disfrutar con cada cosa que aprendo, a querer saber más cada día, a investigar, a leer, a escuchar. A saber escuchar. Esta fase me ha llegado tarde, aunque visto lo que me rodea creo que le pasa a mucha gente (y a otros muchos no les llegará nunca, por cierto). Hay momentos en los que te estancas, te quedas parado, y otros en los que vuelves a arrancar con más brío que antes, buscando esa formación y esos conocimientos que te permiten ser un poco más persona y entender bastante mejor todo lo que sucede a tu alrededor. Yo estoy en ello. Intento enseñar al que no sabe, sin parecer un sabelotodo ni hacerlo de forma humillante, y al mismo tiempo quiero e intento aprender de todo aquel que me aporte algo.

De ambos hay muchos, aunque últimamente, viendo la evolución de la sociedad, el nivel cultural de la juventud, la ínfima calidad de nuestras cadenas televisivas y sus programas de máxima audiencia, las sandeces de los acampados, la incapacidad de nuestros gobernantes y demás desgracias que se ciernen cual negros nubarrones sobre nuestra querida España, nimbos que están a punto de descargar la tormenta final que se llevará por delante siglos de historia de la humanidad (tormenta que por cierto no iría nada mal para limpiar un poco el patio), creo que los ignorantes y vagos están ganando por goleada.

Suerte que siempre quedan clavos a los que asirnos, llámense tertulias en el bar, discusiones políticas en el Camino, o debates y juegos literarios en las redes sociales, en los que, a pesar de no llegar al nivel mínimo exigido, si que puedo deleitarme con el conocimiento de los demás y aprender un poquito. Y admirar los conocimientos, la humildad y la educación de personas como Juan Carlos Girauta (o J.García Codina o Luis F Echeverría), virtudes que en muchas ocasiones a mi me faltan.

1 comentario:

  1. Podría decirse mucho de este tema, pero yo sólo diría una cosa: tenemos una princesita que se llama Letizia.

    No sé; a mí, cuando iba al colegio, de haber escrito prinzesa me hubieran soltado tal pescozón -vulgo hostia- que a estas alturas posible es que aún anduviera dando vueltas como una peonza. Vamos, o sea, ¡puro "fascismo"!

    Claro que nadie me soltó tal hostia por el simple expediente de que yo era incapaz de escribir prinzesa ya bastante antes de acabar el primer ciclo de primaria; no podía escribir más que princesa, porque otra cosa no me hubiera salido. ¡Pero qué niño tan "fascista" debía ser yo!

    En fin, me acuerdo de cuando nos endilgaron a la Leti. Y me acuerdo, en concreto, de no sé qué telediario en no sé qué cadena, mostrando cómo una maestra -que, como poco, sus cuarenta y tantos tendría- comunicaba la buena nueva a una clase de pobres e indefensos escolares y les daba con ello un buen baño de -ejem- "cultura" (es decir, cómo les adoctrinaba inmisericordemente, cual si ello no fuera fascismo del que se escribe sin comillas).

    ¿Que por qué me expreso así? Pues porque con "Princesa Letizia" (vamos, coño, ¿y por qué no "Prinzesa Leticia", eh, señora?) escrito a tiza con grandes letras en el encerado, les explicaba la pazguata a aquellos pobrecitos, indefensos ellos ante tal inyección forzada de ideología y "cultura", que, aunque Letizia en realidad se debería -¿simplemente debería?- escribir Leticia y que por ello ella les ponía falta si escribían con zeta lo que va con ce, uno puede escribir y hacer escribir a los demás su nombre como quiera.

    Aquel día, yo, que me llamo Javier, opté -¿pero es que soy yo menos que un apéndice borbónico o qué?- que mi nombre se escribiera Manolo a partir de tal entonces. Y, a ver, entendámonos: se escribe Manolo -me sale de la punta del nabo que así sea, lo cual es razón suprema- pero, obviamente, se sigue pronunciando Javier como siempre, porque tal es mi nombre y yo no he elegido cambiármelo, sino sólo que se escriba como yo quiera. ¡Sépalo el mundo todo y arréglenselas todos para enterarse de que así es!

    ¿Nos hemos enterado? Inculto y fascista el que no, por supuesto, empezando por cualquier académico de la RAE que algo en contra tenga que decir y, al leer mi "Manolo", no lo pronuncie "Javier" (aún nos estamos riendo de su última batería de "reglas", mis iletrados señores), continuando por aquella maestrilla de FEI (Formación del Espíritu Inculto) y terminando, por supuesto, por la Leti.

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