Y ahora todos los borregos corriendo sonrientes a la playa a lucir camisetas con la cara de Fernando Sermón Es lo que toca. Imbéciles.
El estado de alarma por el brote
de COVID-19 se decretó el sábado 14 de marzo, con una duración inicial de 15 días.
Aún era invierno. Desde ese momento se ha ido prorrogando a trompicones, a base
de mentiras, datos falsos, improvisaciones, sucios pactos con naZionalistas y narcocomunistas
y traiciones de partidos otrora constitucionalistas, ahora preocupados en
sobrevivir a su propia inutilidad e indefinición a base de venderse al mejor
postor. Al estilo del FDP alemán. No sirven para nada, pero siempre están ahí
explotando su mínima representatividad social para seguir mamando de las ubres
del Estado. Y encima con arrogancia y un sumo complejo de superioridad intelectual
y moral. ¡Puaj!
Y con todo esto ya estamos virtualmente
en verano, a falta de seis días para el solsticio estival.
De esa estación del año que otrora significaba alegría, luz, renacimiento, siembra de tomates, pepinos, pimientos, berenjenas, maría y melones y, sobre todo, época de ilusión. Como dice la canción, ahora tocaba que volviera a reír la primavera. Pero por desgracia no llegaron las risas, sino los llantos. Los de los familiares de las víctimas de esta desgracia. Llantos estériles de miles de personas, de millones de ciudadanos, de toda una nación, salvo para algunos déspotas y sucios enfermos mentales como Ábalos y demás purria socialista, que han pasado esta época de teórico florecimiento convirtiéndola en una nueva estación de abyecta podredumbre, riéndose de nosotros y bailando sobre las tumbas de más de 50.000 compatriotas.
Tan panchos. Tan autocomplacientes. Tan arrogantes. Tan bien alimentados como los líderes de Podemos en Andalucía, los marqueses populistas en Galapagar o la tan trabajadora esposa del Fraudillo en su dorado retiro de Doñana. Con sus papis. Degustando marisco a destajo. No hay nada como pertenecer a la clase trabajadora. Y volar en Falcon. O en un Superpuma a 5.000 euros la hora.
Y el pueblo atontado a sus pies,
alabándoles, defendiendo lo indefendible, diseñando camisetas con sus caras, apoyando
con su estupidez borreguil el nada disimulado golpe de estado que han perpetrado
mientras nos recluían en nuestras casas. Escuchando e interiorizando, inanes clavados
en su sofá, las mentiras del gran hermano social-comunista desde sus múltiples canales
de televisión. Casi todos. El 95% de la audiencia está en sus sucias manos. Por
no hablar de la prensa subvencionada, las redes sociales controladas y los
divergentes despedidos y silenciados. Así cualquiera hace y deshace a su antojo.
Y en ello están.
Ahora toca reescribir la historia. La de la pandemia, la de España, la del mundo. Y por si acaso quedase algún ciudadano lúcido, ávido de verdad y justicia, escenifican (aquí y en el resto del mundo) una lucha contra un supuesto mundo racista y violento, lanzando a sus cachorros a la calle a apalizar, derribar estatuas, saquear y destrozar, y a sus peleles mediáticos, periodistas, deportistas analfabetos, “artistas”, influencers y el resto de los títeres, más manejables que el antiguo blandiblub, ahora llamado “Slime” para sentirse modernos y cosmopolitas. Para alinearse con el nivel de inglés de Pablo Iglesias. Que no es nivel. Es penoso. Es casposo. Es infantil. Es regre. Es querer y no poder. Es el reflejo de lo que son todos ellos: unos bocazas arrogantes. Que ni tienen doctorados, ni han trabajado nunca, ni creen en el pueblo, ni son clase obrera, ni buscan el bien común, ni tienen valor alguno. Ni saben idiomas. Ni el suyo mismo, como la ministra portavoz. Cuya oratoria parece sacada de una película española de serie B. O quizás C.
Una primavera que hemos pasados encerrados,
en una cuarentena que de cuarenta solamente ha tenido la presencia de cuarenta
ladrones. De cuarenta mentirosos. De cuarenta indecentes golpistas. Y de
cientos de nombramientos bajo mano. Repartiéndose ministerios, altos cargos,
prebendas, falsos contratos y abusivas comisiones.
Y ahora todos los borregos
corriendo sonrientes a la playa a lucir camisetas con las caras de Ali Baba
Sánchez, Salvador MentirijILLAs, Fernando Sermón y sus cuarenta secuaces. Es lo
que toca. Imbéciles.
Se os tendría que caer la cara de
vergüenza. A todos los que seguís a esta tropa de malnacidos, ignorantes y
malvados populistas.
Y lloró la primavera.
Amen
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