Estimado lector:
de entrada no hagas mucho caso al título. Este relato bien podría haberse
llamado “Cuando celebrar el santo se
convierte en algo único” o “Para qué necesito sushi si tenemos chorizo”.
Variantes encontraría miles para describir un fin de semana de ensueño, hasta podría usar una de las respuestas del Conejo Blanco a Alicia en el País de las Maravillas:
Variantes encontraría miles para describir un fin de semana de ensueño, hasta podría usar una de las respuestas del Conejo Blanco a Alicia en el País de las Maravillas:
-- Alicia: ¿cuánto tiempo es para siempre?
-- Conejo blanco: a veces, sólo un segundo…

Pero lo
más acertado ha sido titularlo como lo he hecho. Why? Pues porque se trata de
la continuación de un relato anterior, inédito en esta humilde bitácora, que escribí para una persona muy especial
hace apenas un mes.

Si convocara un referéndum parecido a la pachanga de Bob Esponja&Friends celebrada este pasado fin de semana en mi querida Cataluña, y votara yo mismo varias veces, mis sobrinos, mi hermano, todos los peregrinos que he conocido y algún amigo íntimo, y la pregunta versara sobre si la felicidad existe y si quieres volverla a vivir, el SI/SI arrasaría de forma espectacular. Y yo podría declarar sin miedo mi independencia. Mi independencia frente a la tristeza, la estupidez, el aburrimiento, la falsedad, los prejuicios y la maldad. Y la felicidad se independizaría del resto del mundo y se instalaría en la provincia de Burgos. No haría falta ni ir al IKEA ni pedir ayuda a la luchadora gente de Gamonal.
Pues
heme aquí, de nuevo en Burgos, feliz como un inglés borracho quemándose en
cualquier playa española o como un turista alemán soltando un “Olé” en
cualquier Tablao Flamenco de nuestra geografía. O como un “periquito” cuando el
Barça pierde en un partido de petanca de categoría senior. Mientras pierda…
Y no pudo empezar mejor el fin de semana que
visitando el mítico bar del “Patillas”. Siendo como somos un país de bares (y
por desgracia también de otras muchas cosas menos honrosas, como la corrupción,
la mentira como profesión, el puterío, la soberbia, la envidia, la picaresca o
la vaguería), no podía dejar pasar esta ocasión. Tampoco sería la primera vez
que visito “EL” bar en mayúsculas, ese lugar de tantos pueblos y ciudades
españolas que no te puedes perder por nada del mundo: si soy sincero, muchos de
mis viajes o excursiones han tenido como objetivo tal o cual restaurante, bar,
antro o garito. Y así lo hacemos la mayoría de españoles. Llamémoslo finamente
“turismo gastronómico” o coloquialmente “irnos de fiesta”. Todos sabemos de qué
estamos hablando.
El bar del “Patillas”, tal como me lo esperaba. Imprescindible. Ni hace falta que os lo describa. Cualquier blog sobre bares auténticos os dará un retrato mucho más detallado que yo, más aún cuando estuve en un horario demasiado temprano para poder disfrutar del espectáculo musical que se suele organizar. Decoración histórica, instrumentos de cuerda de todo tipo a disposición de los clientes, edificio en ruinas y local entre “decadente” y “vintage”. Como suelo decir últimamente: guay y correcto. Sobre todo esto último. No sé porque, pero se ha convertido en mi expresión más usada, supongo que en parte por el desencanto con la mayoría de las realidades de nuestra sociedad: incorrectas casi todas. Y no las vuelvo a listar. Los que me leéis ya sabéis por qué pie cojeo. Y todo lo que detesto de una civilización venida a venos.
Acabada
la visita al bar, la primera noche acabó
tranquilamente entre música, un intensivo estudio del menú preparado para el
fin de semana y una cena agradable, bien regada y en buena compañía. Más que buena. Y si no recuerdo mal, viví como
espectador el “Síndrome de los Biorritmos del Norte”, es decir, súbitas e
inesperadas bajadas de tensión. Y lo llamo síndrome porque más adelante se
repetiría en otra persona del mismo clan de estas tierras burgalesas.
Al día
siguiente, excursión histórico-cultural-gastronómica. Aunque pesara más el
objetivo de comernos un lechazo que la interesante historia de las ciudades que
íbamos a visitar, Covarrubias y Lerma, al final se cumplieron los tres
objetivos y descubrí de la mano de mi encantadora y risueña guía local, dos joyas de nuestra piel de toro, ricas en
hechos históricos, monumentos bien conservados, manjares dignos de reyes y
bares con nombres como mínimo graciosos.
¿Qué os voy a contar de Lerma, a vosotros fieles lectores que sabéis mucho más de historia de España que yo? El llamado “Escorial” de la Corte de Burgos, ciudad Ducal del válido del rey Felipe III, con su plaza ducal, sus murallas, sus posadas, con el único Parador Nacional de la provincia ubicado en el propio palacio ducal y toda ella en un estado de conservación ideal.
Vista la temprana hora no tocaba comer aún, por lo que la estancia se redujo a un corto paseo, la compra de morcillas locales y unas cervezas para ir abriendo apetito. Ahí quedó el lechazo esperando mejor ocasión. Léase cuanto antes.
Y de
Covarrubias, histórica por todos los lados, directos al barrio de Gamonal, actual
como el que más y seguro que histórico para futuras generaciones. Cuna de protestas
de movimientos vecinales, harto
justificables ante la corrupción imperante en el ayuntamiento de Burgos, y barrio
original de Marta, nos recibió con lluvia y un
partido televisado del Barça.
Pero estos factores externos no le quitaron ni un gramo de su valor como barrio, ni empañaron el buen rato en el bar tomando un (¿o dos? ¿O más? ) pacharán y pasando una agradable tarde de charla, risas y videos virales en los móviles. De ahí, acompañados por la prima Sandra y su pareja, rematamos la tarde en casa entre música, cervezas, burbujas y submarinos, y algún bajón de tensión del síndrome mencionado más arriba, para acabar con películas y una noche agradable, colofón perfecto a un gran día en esta maravillosa tierra que día a día me va gustando más.
partido televisado del Barça.
Pero estos factores externos no le quitaron ni un gramo de su valor como barrio, ni empañaron el buen rato en el bar tomando un (¿o dos? ¿O más? ) pacharán y pasando una agradable tarde de charla, risas y videos virales en los móviles. De ahí, acompañados por la prima Sandra y su pareja, rematamos la tarde en casa entre música, cervezas, burbujas y submarinos, y algún bajón de tensión del síndrome mencionado más arriba, para acabar con películas y una noche agradable, colofón perfecto a un gran día en esta maravillosa tierra que día a día me va gustando más.
Y aún
quedaba otro día. Y otra noche. Claro que podría ponerme a pedir 19 días y 500
noches, como bien canta nuestro gran poeta Sabina, pero igual no es momento
para ser exigente. Más aún cuando los
segundos de felicidad estaban siendo continuos y completos. Como bien explicaba
el Conejo Blanco.
Domingo,
paseo matinal, tapeo y relax. Un clásico en Burgos y en cualquier otra ciudad que se precie. Hasta
puede ser que lo hagan en Albacete, a pesar de ser tan fea que el dicho popular
es “Albacete, corre y vete”.
Después
de la cervecita matinal, dimos un garbeo por el centro, parando en “Las Espuelas
del Cid” donde tomamos unos calamares pasables, tirando a grasos y escasos, y
en “La Perla Arandina”, lugar también
parte ya de la ruta estándar y que os recomiendo a todos, y en el que esta vez
la oreja, rebozada, aún rompía más que en la anterior visita.
Y no
podía acabar la estancia con una última parada en el Antioquía, ya camino a
casa, una rápida cerveza y una tarde de cine clásico, una cena de menú clásico
y una noche de sueños cumplidos.
Por
todo lo relatado supongo que se ahora se entenderá mejor el título. Return to
Burgos.
Como si
me toca escribir un capítulo cada mes, o cada semana. Ojalá.
No hay comentarios:
Publicar un comentario